Hace un tiempo estupendo, el día nos amanece de lo más soleado así que vamos a darnos un baño en el Báltico. Para ello cogemos un tren de cercanías en la estación que nos lleva hasta Gdynia (los billetes se pueden sacar en unas máquinas expendedoras y luego se validan en el tren). El trayecto dura unos 35 minutos. Vamos hacia la playa por una calle peatonal que, en parte, recuerda a las ciudades turísticas españolas de la costa, bueno, más bien de la costa cantábrica, llena de heladerías, bares y restaurantes para turistas. En la playa destaca el malecón, muy grande y largo.
Para acceder a él hay que pagar una entrada, pero no nos queda más remedio porque desde ahí también es desde donde sales los barcos que van a la península de Hel, nuestro siguiente destino. Los billetes nos cuestan 12 zl cada uno, es una línea regular de ferry que sólo funciona en verano. Los barcos salen cada hora y tardan unos 45 minutos en llegar a esta lengua de tierra que cierra la bahía de Gdańsk. Llegamos al puerto pesquero de Hel, pintoresco pero exageradamente turístico. Intentamos escapar de la masificación turista por lo que atravesamos la península (no es muy ancha, oscila entre los 200 metros y los casi tres kilómetros en su extremo), cruzando a través de unos bonitos pinares tras lo que accedemos a una playas estupendas. Pasamos allí la tarde y regresamos al puerto de Hel, donde cenamos pescado (ni idea de que pescado fue) en una de sus típicas tabernas. Al anochecer cogimos otro barco que nos llevó directamente al muelle de Gdańsk, desde el que pudimos disfrutar de unas preciosas vistas, sobre todo, según nos acercábamos a Gdańsk.
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